Sunday, April 15, 2007

Una joya para los sacerdotes

SANTA MISA CRISMAL

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana
Jueves Santo 5 de abril de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

El escritor ruso León Tolstoi, en un breve relato, narra que había un rey severo que pidió a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Los sabios no fueron capaces de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, que volvía del campo, se ofreció para realizar la tarea de los sacerdotes y los sabios. El pastor dijo al rey que sus ojos no bastaban para ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qué es lo que hacía Dios. "Para responder a esta pregunta —dijo el pastor al rey— debemos intercambiarnos nuestros vestidos". Con cierto recelo, pero impulsado por la curiosidad para conocer la información esperada, el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él se vistió con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibió como respuesta: "Esto es lo que hace Dios".

En efecto, el Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, renunció a su esplendor divino: "Se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte" (Flp 2, 6 ss). Como dicen los santos Padres, Dios realizó el sacrum commercium, el sagrado intercambio: asumió lo que era nuestro, para que nosotros pudiéramos recibir lo que era suyo, ser semejantes a Dios.

San Pablo, refiriéndose a lo que acontece en el bautismo, usa explícitamente la imagen del vestido: "Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo" (Ga 3, 27). Eso es precisamente lo que sucede en el bautismo: nos revestimos de Cristo; él nos da sus vestidos, que no son algo externo. Significa que entramos en una comunión existencial con él, que su ser y el nuestro confluyen, se compenetran mutuamente. "Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en mí": así describe san Pablo en la carta a los Gálatas (Ga 2, 20) el acontecimiento de su bautismo.

Cristo se ha puesto nuestros vestidos: el dolor y la alegría de ser hombre, el hambre, la sed, el cansancio, las esperanzas y las desilusiones, el miedo a la muerte, todas nuestras angustias hasta la muerte. Y nos ha dado sus "vestidos". Lo que expone en la carta a los Gálatas como simple "hecho" del bautismo —el don del nuevo ser—, san Pablo nos lo presenta en la carta a los Efesios como un compromiso permanente: "Debéis despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo. (...) y revestiros del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad. Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. Si os airáis, no pequéis" (Ef 4, 22-26).

Esta teología del bautismo se repite de modo nuevo y con nueva insistencia en la ordenación sacerdotal. De la misma manera que en el bautismo se produce un "intercambio de vestidos", un intercambio de destinos, una nueva comunión existencial con Cristo, así también en el sacerdocio se da un intercambio: en la administración de los sacramentos el sacerdote actúa y habla ya "in persona Christi".

En los sagrados misterios el sacerdote no se representa a sí mismo y no habla expresándose a sí mismo, sino que habla en la persona de Otro, de Cristo. Así, en los sacramentos se hace visible de modo dramático lo que significa en general ser sacerdote; lo que expresamos con nuestro "Adsum" —"Presente"— durante la consagración sacerdotal: estoy aquí, presente, para que tú puedas disponer de mí. Nos ponemos a disposición de Aquel "que murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí" (2 Co 5, 15). Ponernos a disposición de Cristo significa identificarnos con su entrega "por todos": estando a su disposición podemos entregarnos de verdad "por todos".

In persona Christi: en el momento de la ordenación sacerdotal, la Iglesia nos hace visible y palpable, incluso externamente, esta realidad de los "vestidos nuevos" al revestirnos con los ornamentos litúrgicos. Con ese gesto externo quiere poner de manifiesto el acontecimiento interior y la tarea que de él deriva: revestirnos de Cristo, entregarnos a él como él se entregó a nosotros.
Este acontecimiento, el "revestirnos de Cristo", se renueva continuamente en cada misa cuando nos revestimos de los ornamentos litúrgicos. Para nosotros, revestirnos de los ornamentos debe ser algo más que un hecho externo; implica renovar el "sí" de nuestra misión, el "ya no soy yo" del bautismo que la ordenación sacerdotal de modo nuevo nos da y a la vez nos pide.

El hecho de acercarnos al altar vestidos con los ornamentos litúrgicos debe hacer claramente visible a los presentes, y a nosotros mismos, que estamos allí "en la persona de Otro". Los ornamentos sacerdotales, tal como se han desarrollado a lo largo del tiempo, son una profunda expresión simbólica de lo que significa el sacerdocio. Por eso, queridos hermanos, en este Jueves santo quisiera explicar la esencia del ministerio sacerdotal interpretando los ornamentos litúrgicos, que quieren ilustrar precisamente lo que significa "revestirse de Cristo", hablar y actuar in persona Christi.

En otros tiempos, al revestirse de los ornamentos sacerdotales se rezaban oraciones que ayudaban a comprender mejor cada uno de los elementos del ministerio sacerdotal. Comencemos por el amito. En el pasado —y todavía hoy en las órdenes monásticas— se colocaba primero sobre la cabeza, como una especie de capucha, simbolizando así la disciplina de los sentidos y del pensamiento, necesaria para una digna celebración de la santa misa. Nuestros pensamientos no deben divagar por las preocupaciones y las expectativas de nuestra vida diaria; los sentidos no deben verse atraídos hacia lo que allí, en el interior de la iglesia, casualmente quisiera secuestrar los ojos y los oídos. Nuestro corazón debe abrirse dócilmente a la palabra de Dios y recogerse en la oración de la Iglesia, para que nuestro pensamiento reciba su orientación de las palabras del anuncio y de la oración. Y la mirada del corazón se debe dirigir hacia el Señor, que está en medio de nosotros: eso es lo que significa ars celebrandi, el modo correcto de celebrar. Si estoy con el Señor, entonces al escuchar, hablar y actuar, atraigo también a la gente hacia la comunión con él.

Los textos de la oración que interpretan el alba y la estola van en la misma dirección. Evocan el vestido festivo que el padre dio al hijo pródigo al volver a casa andrajoso y sucio. Cuando nos disponemos a celebrar la liturgia para actuar en la persona de Cristo, todos caemos en la cuenta de cuán lejos estamos de él, de cuánta suciedad hay en nuestra vida. Sólo él puede darnos un traje de fiesta, hacernos dignos de presidir su mesa, de estar a su servicio.

Así, las oraciones recuerdan también las palabras del Apocalipsis, según las cuales las vestiduras de los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos eran dignas de Dios no por mérito de ellos. El Apocalipsis comenta que habían lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero y que de ese modo habían quedado tan blancas como la luz (cf. Ap 7, 14).

Cuando yo era niño me decía: pero algo que se lava en la sangre no queda blanco como la luz. La respuesta es: la "sangre del Cordero" es el amor de Cristo crucificado. Este amor es lo que blanquea nuestros vestidos sucios, lo que hace veraz e ilumina nuestra alma obscurecida; lo que, a pesar de todas nuestras tinieblas, nos transforma a nosotros mismos en "luz en el Señor". Al revestirnos del alba deberíamos recordar: él sufrió también por mí; y sólo porque su amor es más grande que todos mis pecados, puedo representarlo y ser testigo de su luz.

Pero además de pensar en el vestido de luz que el Señor nos ha dado en el bautismo y, de modo nuevo, en la ordenación sacerdotal, podemos considerar también el vestido nupcial, del que habla la parábola del banquete de Dios. En las homilías de san Gregorio Magno he encontrado a este respecto una reflexión digna de tenerse en cuenta. San Gregorio distingue entre la versión de la parábola que nos ofrece san Lucas y la de san Mateo. Está convencido de que la parábola de san Lucas habla del banquete nupcial escatológico, mientras que, según él, la versión que nos transmite san Mateo trataría de la anticipación de este banquete nupcial en la liturgia y en la vida de la Iglesia.

En efecto, en san Mateo, y sólo en san Mateo, el rey acude a la sala llena para ver a sus huéspedes. Y entre esa multitud encuentra también un huésped sin vestido nupcial, que luego es arrojado fuera a las tinieblas. Entonces san Gregorio se pregunta: "pero, ¿qué clase de vestido le faltaba? Todos los fieles congregados en la Iglesia han recibido el vestido nuevo del bautismo y de la fe; de lo contrario no estarían en la Iglesia. Entonces, ¿qué les falta aún? ¿Qué vestido nupcial debe añadirse aún?".

El Papa responde: "El vestido del amor". Y, por desgracia, entre sus huéspedes, a los que había dado el vestido nuevo, el vestido blanco del nuevo nacimiento, el rey encuentra algunos que no llevaban el vestido color púrpura del amor a Dios y al prójimo. "¿En qué condición queremos entrar en la fiesta del cielo —se pregunta el Papa—, si no llevamos puesto el vestido nupcial, es decir, el amor, lo único que nos puede embellecer?". En el interior de una persona sin amor reina la oscuridad. Las tinieblas exteriores, de las que habla el Evangelio, son sólo el reflejo de la ceguera interna del corazón (cf. Homilía XXXVIII, 8-13).

Ahora, al disponernos a celebrar la santa misa, deberíamos preguntarnos si llevamos puesto este vestido del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos libre de todo sentimiento de autosuficiencia, y que de verdad nos revista con el vestido del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenezcamos a las tinieblas.

Por último, me referiré brevemente a la casulla. La oración tradicional cuando el sacerdote reviste la casulla ve representado en ella el yugo del Señor, que se nos impone a los sacerdotes. Y recuerda las palabras de Jesús, que nos invita a llevar su yugo y a aprender de él, que es "manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29). Llevar el yugo del Señor significa ante todo aprender de él. Estar siempre dispuestos a seguir su ejemplo. De él debemos aprender la mansedumbre y la humildad, la humildad de Dios que se manifiesta al hacerse hombre.

San Gregorio Nacianceno, en cierta ocasión, se preguntó por qué Dios quiso hacerse hombre. La parte más importante, y para mí más conmovedora, de su respuesta es: "Dios quería darse cuenta de lo que significa para nosotros la obediencia y quería medirlo todo según su propio sufrimiento, esta invención de su amor por nosotros. De este modo, puede conocer directamente en sí mismo lo que nosotros experimentamos, lo que se nos exige, la indulgencia que merecemos, calculando nuestra debilidad según su sufrimiento" (Discurso 30; Disc. Teol. IV, 6).

A veces quisiéramos decir a Jesús: "Señor, para mí tu yugo no es ligero; más aún, es muy pesado en este mundo". Pero luego, mirándolo a él que lo soportó todo, que experimentó en sí la obediencia, la debilidad, el dolor, toda la oscuridad, entonces dejamos de lamentarnos. Su yugo consiste en amar como él. Y cuanto más lo amamos a él y cuanto más amamos como él, tanto más ligero nos resulta su yugo, en apariencia pesado.

Pidámosle que nos ayude a amar como él, para experimentar cada vez más cuán hermoso es llevar su yugo. Amén.

Saturday, December 16, 2006

Parroquia

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
SANTA MARÍA, ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

II Domingo de Adviento, 10 de diciembre de 2006


Queridos hermanos y hermanas de la parroquia "Santa María, Estrella de la Evangelización":

Estamos dedicando una iglesia, un edificio en el que Dios y el hombre quieren encontrarse; una casa para reunirnos, en la que somos atraídos hacia Dios; y estar con Dios nos une los unos a los otros.

En las tres lecturas que hemos escuchado encontramos tres grandes temas: en la primera lectura, la palabra de Dios que congrega a los hombres; en la segunda, la ciudad de Dios que, al mismo tiempo, aparece como esposa; y, por último, la confesión de Jesucristo como Hijo de Dios encarnado, hecha primero por Pedro, que puso así el inicio de la Iglesia viva que se manifiesta en el edificio material de toda iglesia. Escuchemos ahora con más detalle qué nos dicen las tres lecturas.

Ante todo, está el relato de la reconstrucción del pueblo de Israel, de la ciudad santa, Jerusalén, y del templo después del retorno del exilio. Tras el gran optimismo de la repatriación, el pueblo al llegar se encuentra un país desierto. ¿Cómo reconstruirlo? La reconstrucción externa, tan necesaria, no puede progresar si antes no se reconstituye el pueblo mismo como pueblo, si no se aplica de verdad un criterio común de justicia que una a todos y regule la vida y la actividad de cada uno.

El pueblo, tras el retorno, necesita, por decirlo así, una "Constitución", una ley fundamental para su vida. Y sabe que esta Constitución, para ser justa y duradera, en definitiva, para llevar a la justicia, no puede ser fruto de una invención autónoma suya. El hombre no puede inventar la verdadera justicia; más bien, debe descubrirla. En otras palabras, debe venir de Dios, que es la justicia. Por tanto, la palabra de Dios reconstruye la ciudad.

Lo que la lectura nos narra trae a la memoria el acontecimiento del Sinaí. Hace presente el acontecimiento del Sinaí: se lee y explica solemnemente la palabra santa de Dios, que indica a los hombres el camino de la justicia. Así se hace presente como una fuerza que, desde dentro, edifica nuevamente el país. Esto sucede el último día del año. La palabra de Dios inaugura un nuevo año, inaugura una nueva hora de la historia. La palabra de Dios es siempre fuerza de renovación, que da sentido y orden a nuestro tiempo. Al final de la lectura llega la alegría: se invita a los hombres al banquete solemne; se los exhorta a dar a los que no tienen nada y a unir así a todos en la comunión de la alegría, que se basa en la palabra de Dios.

La última palabra de esta lectura es la hermosa expresión: la alegría del Señor es nuestra fuerza. Creo que no es difícil constatar cómo estas palabras del Antiguo Testamento son ahora una realidad para nosotros. El edificio de la iglesia existe para que nosotros podamos escuchar, explicar y comprender la palabra de Dios; existe para que la palabra de Dios actúe entre nosotros como fuerza que crea justicia y amor. En especial, existe para que en él pueda comenzar la fiesta en la que Dios quiere que participe la humanidad, no sólo al final de los tiempos, sino ya ahora mismo.
Existe para que nosotros conozcamos lo que es justo y bueno, y la palabra de Dios es la única fuente para conocer y dar fuerza a este conocimiento de lo justo y lo bueno.

Por tanto, el edificio existe para que aprendamos a vivir la alegría del Señor, que es nuestra fuerza. Pidamos al Señor que nos haga sentirnos felices con su palabra; que nos haga sentirnos felices con la fe, para que esta alegría nos renueve a nosotros mismos y al mundo.

La narración veterotestamentaria nos introduce en la visión del Apocalipsis, que hemos escuchado como segunda lectura. La ciudad es esposa. No es solamente un edificio de piedra. Todo lo que, con grandiosas imágenes, se dice sobre la ciudad remite a algo vivo: a la Iglesia de piedras vivas, en la que ya ahora se forma la ciudad futura. Remite al pueblo nuevo que, en la fracción del pan, se convierte en un solo cuerpo con Cristo (cf. 1 Co 10, 16 s). Como el hombre y la mujer, en su amor, son "una sola carne", así Cristo y la humanidad congregada en la Iglesia se convierten, mediante el amor de Cristo, en "un solo espíritu" (cf. 1 Co 6, 17; Ef 5, 29 ss).

Los cimientos de la ciudad no son piedras materiales, sino seres humanos: son los Apóstoles con el testimonio de su fe. Los Apóstoles siguen siendo los cimientos de la nueva ciudad, de la Iglesia, mediante el ministerio de la sucesión apostólica: mediante los obispos. Las velas que encendemos en las paredes de la iglesia, en los lugares donde se harán las unciones, recuerdan precisamente a los Apóstoles: su fe es la verdadera luz que ilumina a la Iglesia. Y, al mismo tiempo, es el fundamento en el que se apoya. La fe de los Apóstoles no es algo anticuado. Puesto que es verdad, es el fundamento en el que nos apoyamos, es la luz por la que vemos.

Pasemos al Evangelio. ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! La profesión de fe de san Pedro es el fundamento inquebrantable de la Iglesia. Junto con san Pedro, decimos hoy a Jesús: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". La palabra de Dios no es solamente palabra. En Jesucristo la Palabra está presente en medio de nosotros como Persona. Este es el objetivo más profundo de la existencia de este edificio sagrado: la iglesia existe para que en ella encontremos a Cristo, el Hijo del Dios vivo.

Dios tiene un rostro. Dios tiene un nombre. En Cristo, Dios se ha encarnado y se entrega a nosotros en el misterio de la santísima Eucaristía. La Palabra es carne. Se entrega a nosotros bajo las apariencias del pan, y así se convierte verdaderamente en el Pan del que vivimos. Los hombres vivimos de la Verdad. Esta Verdad es Persona: nos habla y le hablamos. La iglesia es el lugar del encuentro con el Hijo del Dios vivo, y así es el lugar de encuentro entre nosotros. Esta es la alegría que Dios nos da: que él se ha hecho uno de nosotros, que nosotros podemos casi tocarlo y que él vive con nosotros. Realmente, la alegría de Dios es nuestra fuerza.

Así el evangelio finalmente nos introduce en la hora que estamos viviendo hoy. Nos conduce a María, a quien aquí honramos como Estrella de la Evangelización. En la hora decisiva de la historia humana, María se ofreció a sí misma a Dios, ofreció su cuerpo y su alma como morada. En ella y de ella el Hijo de Dios asumió la carne. Por medio de ella la Palabra se hizo carne (cf. Jn 1, 14). Así María nos dice lo que es el Adviento: ir al encuentro del Señor que viene a nuestro encuentro.
Esperarlo, escucharlo y contemplarlo. María nos explica para qué existen los edificios de las iglesias: existen para que acojamos en nuestro interior la palabra de Dios; para que dentro de nosotros y por medio de nosotros la Palabra pueda encarnarse también hoy.

Así, la saludamos como Estrella de la Evangelización: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, para que vivamos el Evangelio. Ayúdanos a no esconder la luz del Evangelio debajo del celemín de nuestra poca fe. Ayúdanos a ser, en virtud del Evangelio, luz para el mundo, a fin de que los hombres puedan ver el bien y glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 14 ss). Amén.

Saturday, December 02, 2006

Anecdotas de un viaje bendito

LAS MEJORES ANECDOTAS DEL PAPA EN SU DESPEDIDA DE TURQUIA



LOS PERIODICOS TURCOS ALABAN LA HUMILDAD BENEDICTO XVI
"La temida visita del Papa concluyó con una sorpresa fantástica," publicó en su portada el diario Aksam.
"En la Mezquita Sultan Ahmet, se volvió hacia La Meca y rezó como los musulmanes," escribió el popular periódico Hurriyet, utilizando el nombre oficial del edificio.

Sus gestos, incluyendo su apoyo a la candidatura de Ankara para entrar en la Unión Europea y sus alabanzas al Islam como una fe pacífica, parecen haber persuadido a los turcos de pasar la página tras la tensión que siguió a un discurso en el que citó a un emperador que calificó el Islam de religión violenta.


EL PAPA SORPRENDE A LA GENTE ONDEANDO UNA BANDERA TURCA
La sorpresa desconcierta las informaciones de unos enviados especiales que parecen abrumados por lo que ven. Benedicto XVI ondea una bandera turca como si fuera "un aficionado al fútbol animando a su equipo”, dice un periodista americano de la agencia Reuters desde Estambul.


EL PAPA BENEDICTO XVI LLEVA EN EL CORAZÓN A LOS TURCOS
Antes de dejar Turquía dijo que esperaba que su visita haya podido servir para una mayor comprensión entre religiones, sobre todo con el Islam. Benedicto XVI ha manifestado también que dejaba una parte de su corazón en Estambul.



LA IGLESIA NO DESEA IMPONER NADA, SOLO PIDE LIBERTAD
"Ustedes saben bien que la Iglesia no desea imponer nada a nadie, y que lo único que pide es vivir en libertad", expresó Benedicto XVI en la Catedral del Espíritu Santo en Estambul, en presencia del patriarca ecuménico Bartolomé I, líder espiritual de los iglesia ortodoxa griega en el mundo.


UN PAPA QUE CONQUISTA CORAZONES
"El Papa está conquistando corazones", tituló el viernes el Turkish Daily News.
Después que el pontífice suscitó indignación en buena parte del mundo islámico con una cita de un lejano emperador bizantino que muchos musulmanes consideraron ofensiva, los jerarcas del Vaticano se esforzaron por salvar su visita a este país de abrumadora mayoría musulmana y lo último que consideraron fue una visita a una mezquita.
Una cuidadosa combinación de diplomacia vaticana, las negociaciones de los obispos católicos y los gestos del papa Benedicto XVI crearon el clima que parece haber signado con éxito la visita del pontífice a Turquía, una puerta al mundo musulmán.


UNA GOLONDRINA NO HACE VERANO, PERO...
"Una golondrina no hace verano, pero muchas le pueden seguir para poder disfrutar de una primavera en este mundo", dijo a Benedicto XVI el claramente satisfecho Mustafá Cagrici, clérigo supremo de Estambul, luego de orar con él.
Pero el pontífice alemán no solamente visitó la famosa Mezquita Azul de Estambul sino también oró junto a un imán de cara a La Meca.



EL PAPA BENEDICTO, AMIGO DE SUS AMIGOS
Bartolomé I lo ha acogido con todos los honores. Basta ver como le levantó el brazo en el balcón de la sede del patriarcado. Y es que la presencia del Papa de Roma le han dado un realce mediático que no deseaba el Gobierno turco, que no reconoce al Patriarcado Ecuménico de Constantinopla y para Ankara Bartolomé I sólo es el obispo de Fanar.

El gobierno turco pidió oficialmente al Papa que no se refiriera a Bartolomé I como "patriarca ecuménico". Benedicto XVI en sus textos siempre se refirió a él como Patriarca de los ortodoxos.



LA FRATERNIDAD Y LA HUMILDAD LO PUEDEN TODO
La oración en Mezquita y el 'abrazo' con Bartolomé I marcan viaje del Papa

El momento de oración al lado del Gran Muftí de Estambul, Mustafa Cagrici, en la 'Mezquita Azul', mirando hacia la meca como hacen los musulmanes, es sin duda la imagen de este viaje.

La foto del Papa en recogimiento ante el Mihrab, la llamada 'puerta' que señala la Meca, está hoy en la primera página de toda la prensa turca, que considera muy positivo el gesto.

Otro de los momentos importantes durante este viaje ha sido el 'abrazo' físico y simbólico al Patriarca ortodoxo Bartolomé I, un pequeño paso más en el diálogo para llegar al ecumenismo, la unidad de todos los cristianos, el tema principal de la visita, según el mismo Benedicto XVI.


LA HUMILDAD DEL PAPA ACERCA A LOS ORTODOXOS
El Patriarca Ecuménico, Bartolomeo I, se mostró hoy 'convencido' de que la visita oficial de Benedicto XVI a Turquía, además de ser 'histórica', ha tenido un 'valor incalculable' en el 'proceso de reconciliación' entre las iglesias católica y ortodoxa, separadas desde hace casi un milenio.
En una entrevista a un diario católico, Bartolomeo I consideró además que el viaje del Pontífice 'ha tenido lugar en un momento tan difícil y en circunstancias muy delicadas', en una velada referencia a las polémicas declaraciones de Su Santidad en la Universidad de Ratisbona el pasado septiembre en las que identificó indirectamente Islam con violencia.


LA ORACION ACERCA A HOMBRES DE CREDOS DIFERENTES
Es "más significativa aún que una disculpa" por sus comentarios, afirmó el mufti de Estambul, Mustafá Cagrici, quien oró junto a él durante este momento excepcional.

"Fue algo muy bello, un gesto de su parte. Con su posición transmitió un mensaje a los musulmanes", declaró el mufti, quien también es profesor de teología, citado el viernes por el diario Sabah.

La oración en la mezquita dejo huella
"Como jefe de la Iglesia católica y como líder espiritual, es mi deber (obrar para el) diálogo y una mejor comprensión entre las religiones, en particular con el islam y el cristianismo", afirmó el Papa.

"Me daré por satisfecho si mi viaje contribuye a ello", agregó, reconociendo que dejaba "una parte de su corazón" en Estambul.

Uno de sus gestos más significativos en este sentido fue su 'oración íntima' del jueves en una mezquita, que caló muy hondo.


EL PAPA BENEDICTO SE DESPIDE CON UNA MISA
La misa con la que Benedicto XVI puso fin a su visita a Turquía contó, además de la presencia del Patriarca Ecuménico de Constantinopla, con la asistencia del Patriarca Armenio Mesrob II y el Metropolita Sirio Ortodoxo, Fluksinos Yusuf Cetin. La ceremonia incluyó cantos y símbolos de las tradiciones armenia, caldea, aramea y siria.



EL PAPA BENEDICTO XVI INAUGURA UNA ESTATUA DE JUAN XXIII
El Papa Benedicto, junto a los representantes de los diversos ritos cristianos en Turquía, inauguró una estatua de su antecesor Juan XXIII, quien fuera nuncio apostólico en ese país durante nueve años.


UN GESTO DE PAZ DELANTE DE LA ESTATUA DE BENEDICTO XV
El Papa dejó en libertad varias palomas blancas cerca de una estatua en honor de quien fue pontífice durante la Primera Guerra Mundial, Benedicto XV, que inspiró su nombre papal. La estatua fue erigida por Turquía en reconocimiento a la obra del papa ''como un benefactor de toda la gente, sin importar su nación o credo''.

Saturday, September 23, 2006

Sobre la Parroquia

Señores cardenales, Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,

Queridos hermanos y hermanas:


Tengo la alegría de encontrarme por primera vez con vosotros, queridos miembros y consultores del Consejo Pontificio para los Laicos, reunidos con motivo de la asamblea plenaria. Vuestro Consejo Pontificio tiene la peculiaridad de contar, entre sus miembros y consultores, junto a cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos, a una mayoría de fieles laicos, provenientes de diferentes continentes y países, y de las más variadas experiencias apostólicas. Os saludo a todos con afecto y os doy las gracias por el servicio que prestáis a la Sede de Pedro y a la Iglesia difundida en todas las partes del mundo.

Tras haber examinado, en la precedente asamblea plenaria, la naturaleza teológica y pastoral de la comunidad parroquial, ahora estáis afrontando la cuestión desde un punto de vista operativo, buscando elementos útiles para favorecer una auténtica renovación parroquial. El tema de vuestro encuentro es «Volver a encontrar la parroquia. Caminos de renovación». De hecho, el aspecto teológico pastoral y el operativo no pueden disociarse, si se quiere acceder al misterio de comunión del que la parroquia está llamada a ser cada vez más signo e instrumento de aplicación. En los Hechos de los Apóstoles, el evangelista Lucas presenta los criterios esenciales para una adecuada comprensión de la naturaleza de la comunidad cristiana y, por tanto, también de toda parroquia, cuando describe a la primera comunidad de Jerusalén perseverando en la escucha de la enseñanza de los apóstoles, en la unión fraterna, en la fracción del pan y en la oración», una comunidad acogida y solidaria hasta el punto de que todo lo ponía en común (Cf. 2,42; 4,32-35).

La parroquia puede revivir esta experiencia y crecer en el entendimiento y en la fraterna cohesión si reza incesantemente y si permanece a la escucha de la Palabra de Dios, sobre todo si participa con fe en la celebración de la Eucaristía presidida por el sacerdote. Escribía en este sentido el querido Juan Pablo II en su última encíclica «Ecclesia de Eucharistia»: «La parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico» (n. 32). La deseada renovación de la parroquia, por tanto, no puede surgir sólo de oportunas iniciativas pastorales, por más útiles que sean, ni de planes de pizarra. Inspirándose en el modelo apostólico, tal y como aparece en los Hechos de los Apóstoles, la parroquia «vuelve a encontrarse» en el encuentro con Cristo, especialmente en la Eucaristía. Alimentada por el pan eucarístico, crece en la comunión católica, camina en la fidelidad plena al Magisterio y está siempre atenta a acoger y discernir los diferentes carismas que el Señor suscita en el Pueblo de Dios. De la unión constante con Cristo, la parroquia saca vigor para comprometerse sin cesar en el servicio a los hermanos, particularmente a los pobres, para quienes representa de hecho el primer referente.

Queridos hermanos y hermanas: mientras os expreso profundo agradecimiento por la actividad de animación y de servicio que desempeñáis, deseo de corazón que las sesiones de trabajo de la asamblea plenaria contribuyan a hacer que los fieles laicos sean cada vez más conscientes de su misión en la Iglesia, en particular, dentro de la comunidad parroquia, que es una «familia» de familia cristianas. Por esta intención aseguro un constante recuerdo en la oración, e invocando sobre cada uno la maternal protección de María os imparto de corazón mi bendición a todos vosotros, a vuestras familias y a las comunidades a las que pertenecéis.

Friday, April 21, 2006

Preguntas al Papa de los jóvenes

Fue el 6 de abril del 2006. Sólo pongo dos preguntas.


Santo Padre, soy Anna, tengo 19 años; estudio literatura y pertenezco a la parroquia de la Virgen del Carmen.

Uno de los principales problemas que debemos afrontar es el afectivo. A menudo tenemos dificultad para amar, porque es fácil confundir amor con egoísmo, sobre todo hoy, donde gran parte de los medios de comunicación social nos imponen una visión individualista, secularizada, de la sexualidad; donde todo parece lícito y todo se permite en nombre de la libertad y de la conciencia de las personas. La familia fundada en el matrimonio parece ya prácticamente una invención de la Iglesia, por no hablar de las relaciones prematrimoniales, cuya prohibición se presenta, incluso a muchos de los que somos creyentes, como algo incomprensible o pasado de moda... Sabiendo que somos muchos los que queremos vivir responsablemente nuestra vida afectiva, ¿quiere explicarnos qué nos dice al respecto la palabra de Dios? Muchas gracias.

Se trata de un gran problema y, ciertamente, no es posible responder en pocos minutos, pero trataré de decir algo. Ya Anna dio una respuesta al decir que hoy el amor a menudo es mal interpretado cuando se presenta como una experiencia egoísta, mientras que en realidad consiste en abandonarse y así se transforma en encontrarse. Ella dijo también que una cultura consumista falsifica nuestra vida con un relativismo que parece concedernos todo y en realidad nos vacía. Pero entonces escuchamos la palabra de Dios a este respecto. Anna, con razón, quería saber qué dice la palabra de Dios.

Para mí es muy hermoso constatar que ya en las primeras páginas de la sagrada Escritura, inmediatamente después del relato de la creación del hombre, encontramos la definición del amor y del matrimonio. El autor sagrado nos dice: "El hombre abandonará a su padre y a su madre, seguirá a su mujer y ambos serán una sola carne", una única existencia. Estamos al inicio y ya se nos da una profecía de lo que es el matrimonio; y esta definición permanece idéntica también en el Nuevo Testamento. El matrimonio es este seguir al otro en el amor y así llegar a ser una sola existencia, una sola carne, y por eso inseparables; una nueva existencia que nace de esta comunión de amor, que une y así también crea futuro.

Los teólogos medievales, interpretando esta afirmación que se encuentra al inicio de la sagrada Escritura, decían que el matrimonio fue el primero de los siete sacramentos en ser instituido por Dios, dado que lo instituyó ya en el momento de la creación, en el Paraíso, al inicio de la historia, y antes de toda historia humana. Es un sacramento del Creador del universo; por tanto, ha sido inscrito precisamente en el ser humano mismo, que está orientado hacia este camino, en el que el hombre deja a sus padres y se une a su mujer para formar una sola carne, para que los dos lleguen a ser una sola existencia.

Por tanto, el sacramento del matrimonio no es una invención de la Iglesia; en realidad, fue creado juntamente con el hombre como tal, como fruto del dinamismo del amor, en el que el hombre y la mujer se encuentran mutuamente y así encuentran también al Creador que los llamó al amor.

Es verdad que el hombre cayó y fue expulsado del Paraíso o, por decirlo de otra forma, con palabras más modernas, es verdad que todas las culturas están contaminadas por el pecado, por los errores del hombre en su historia, y así queda oscurecido el plan inicial inscrito en nuestra naturaleza. De hecho, en las culturas humanas hallamos este oscurecimiento del plan original de Dios. Sin embargo, al mismo tiempo, observando las culturas, toda la historia cultural de la humanidad, constatamos también que el hombre nunca ha podido olvidar del todo este plan inscrito en lo más profundo de su ser. En cierto sentido, siempre ha sabido que las demás formas de relación entre el hombre y la mujer no correspondían realmente al plan original sobre su ser. De este modo, vemos cómo las culturas, sobre todo las grandes culturas, siempre de nuevo se orientan hacia esta realidad, la monogamia, el ser hombre y mujer una carne sola. Así en la fidelidad puede crecer una nueva generación, puede continuarse una tradición cultural, renovándose y realizando, en la continuidad, un auténtico progreso.

El Señor, que habló de esto mediante la voz de los profetas de Israel, aludiendo a la concesión del divorcio por parte de Moisés, dijo: "Moisés os lo concedió "por la dureza de vuestro corazón"". El corazón después del pecado "se endureció", pero este no era el plan del Creador; y los profetas, cada vez con mayor claridad, insistieron en ese plan originario. Para renovar al hombre, el Señor, aludiendo a esas voces proféticas que siempre guiaron a Israel hacia la claridad de la monogamia, reconoció con Ezequiel que, para vivir esta vocación, necesitamos un corazón nuevo; en vez del corazón de piedra -como dice Ezequiel- necesitamos un corazón de carne, un corazón realmente humano.

Y en el bautismo, mediante la fe, el Señor "implanta" en nosotros este corazón nuevo. No es un trasplante físico, pero tal vez precisamente esta comparación nos puede servir: después de un trasplante el organismo necesita cuidados, necesita recibir las medicinas necesarias para poder vivir con el nuevo corazón, de forma que llegue a ser "su corazón" y no "el corazón de otro". En este "trasplante" espiritual, en el que el Señor nos implanta un corazón nuevo, un corazón abierto al Creador, a la vocación de Dios, para poder vivir con este corazón nuevo hacen falta cuidados adecuados, hay que recurrir a las medicinas oportunas para que el nuevo corazón llegue a ser realmente "nuestro corazón". Viviendo así en la comunión con Cristo, con su Iglesia, el nuevo corazón llega a ser realmente "nuestro corazón" y se hace posible el matrimonio. El amor exclusivo entre un hombre y una mujer, la vida en común de dos personas tal como la diseñó el Creador resulta posible, aunque el ambiente de nuestro mundo la haga tan difícil que parezca imposible.

El Señor nos da un corazón nuevo y nosotros debemos vivir con este corazón nuevo, usando la terapias convenientes para que sea realmente "nuestro". Así es como vivimos lo que el Creador nos ha dado y esto crea una vida verdaderamente feliz. De hecho, podemos verlo también en este mundo, a pesar de tantos otros modelos de vida: hay muchas familias cristianas que viven con fidelidad y alegría la vida y el amor indicados por el Creador; así crece una nueva humanidad.

Por último, quisiera añadir: todos sabemos que para llegar a una meta en el deporte y en la profesión hacen falta disciplina y renuncias, pero todo eso contribuye al éxito, ayuda a alcanzar la meta que se buscaba. Así, también la vida misma, es decir, el llegar a ser hombres según el plan de Jesús, exige renuncias; pero esas renuncias no son algo negativo; al contrario, ayudan a vivir como hombres con un corazón nuevo, a vivir una vida verdaderamente humana y feliz.

Dado que existe una cultura consumista que quiere impedirnos vivir según el plan del Creador, debemos tener la valentía de crear islas, oasis, y luego grandes terrenos de cultura católica, en los que se viva el plan del Creador.

Santidad, me llamo Vittorio; soy de la parroquia de San Juan Bosco en Cinecittà; tengo 20 años y estudio ciencias de la educación en la universidad de Tor Vergata.

En ese mismo Mensaje nos invita a no tener miedo de responder con generosidad al Señor, especialmente cuando propone seguirlo en la vida consagrada o en la vida sacerdotal. Nos dice que no tengamos miedo, que nos fiemos de él y que no quedaremos defraudados. Estoy convencido de que muchos de los que estamos aquí, y muchos de los que nos siguen desde su casa a través de la televisión, están pensando en seguir a Jesús por un camino de especial consagración, pero no siempre es fácil descubrir si ese es el camino correcto. ¿Nos quiere decir cómo descubrió usted cuál era su vocación? ¿Puede darnos consejos para comprender mejor si el Señor nos llama a seguirlo en la vida consagrada o sacerdotal? Muchas gracias.

Por lo que a mí se refiere, crecí en un mundo muy diferente del actual, pero, en definitiva, las situaciones son semejantes. Por una parte, existía aún la situación de "cristiandad", en la que era normal ir a la iglesia y aceptar la fe como la revelación de Dios y tratar de vivir según la revelación; por otra, estaba el régimen nazi, que afirmaba con voz muy fuerte: "En la nueva Alemania no habrá ya sacerdotes, no habrá ya vida consagrada, no necesitamos ya a esta gente; buscaos otra profesión".

Pero precisamente al escuchar esas "fuertes" voces, ante la brutalidad de aquel sistema tan inhumano, comprendí que, por el contrario, había una gran necesidad de sacerdotes. Este contraste, el ver aquella cultura antihumana, me confirmó en la convicción de que el Señor, el Evangelio, la fe, nos indicaban el camino correcto y nosotros debíamos esforzarnos por lograr que sobreviviera ese camino.

En esa situación, la vocación al sacerdocio creció casi naturalmente junto conmigo y sin grandes acontecimientos de conversión. Además, en este camino me ayudaron dos cosas: ya desde mi adolescencia, con la ayuda de mis padres y del párroco, descubrí la belleza de la liturgia y siempre la he amado, porque sentía que en ella se nos presenta la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo. El segundo elemento fue el descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer a Dios, la sagrada Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la gran aventura del diálogo con Dios que es la teología. Así, fue una alegría entrar en este trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la liturgia, en la que Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con nosotros.

Como es natural, no faltaron dificultades. Me preguntaba si tenía realmente la capacidad de vivir durante toda mi vida el celibato. Al ser un hombre de formación teórica y no práctica, sabía también que no basta amar la teología para ser un buen sacerdote, sino que es necesario estar siempre disponible con respecto a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres; es necesario ser sencillos con los sencillos. La teología es hermosa, pero también es necesaria la sencillez de la palabra y de la vida cristiana. Así pues, me preguntaba: ¿seré capaz de vivir todo esto y no ser unilateral, sólo un teólogo? Pero el Señor me ayudó; y me ayudó, sobre todo, la compañía de los amigos, de buenos sacerdotes y maestros.

Volviendo a la pregunta, pienso que es importante estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino. Él nos habla a través de acontecimientos, a través de personas, a través de encuentros; y es preciso estar atentos a todo esto. Luego, segundo punto, entrar realmente en amistad con Jesús, en una relación personal con él; no debemos limitarnos a saber quién es Jesús a través de los demás o de los libros, sino que debemos vivir una relación cada vez más profunda de amistad personal con él, en la que podemos comenzar a descubrir lo que él nos pide.

Luego, debo prestar atención a lo que soy, a mis posibilidades: por una parte, valentía; y, por otra, humildad, confianza y apertura, también con la ayuda de los amigos, de la autoridad de la Iglesia y también de los sacerdotes, de las familias. ¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una gran aventura, pero sólo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que el Señor me acompañará, me ayudará.

Sunday, January 22, 2006

La Vocación

De un artículo de opinión llamado "Infancia misionera", escrito en el ABC del 21 de enero de 2006, por JUAN MANUEL DE PRADA

ESTA mañana, cuando apenas rayaba el alba, ha entrado mi hija de tres años en la habitación, pidiéndome que apoquine un donativo para la Jornada de la Infancia Misionera. En su colegio, regentado por hermanas concepcionistas, le han hablado de otros niños de Guinea Ecuatorial o el Congo, Brasil o Filipinas, atendidos como ella por esta congregación misionera; niños que habrían muerto víctimas de enfermedades feroces o de pura inanición si esas monjas heroicas no hubiesen mediado en su tragedia. Como las hermanas concepcionistas, son miles los hombres y mujeres, religiosos y seglares, que un día cualquiera decidieron inmolarse en la salvación de otras vidas que languidecían en los arrabales del atlas; hombres y mujeres que, como cualquiera de nosotros, hubiesen preferido envejecer entre los suyos, disfrutando de las ventajas de una vida regalada, pero que respondieron sin rechistar a su vocación.
«¿Y qué es la vocación?», me interrumpe mi hija. «Es una llamada de Dios», empiezo un poco atolondradamente, pero como compruebo que mi hija no acaba de entenderme añado: «Dios nos habla a través de los niños que sufren». Y como temo que mi hija confunda a Dios con un ventrílocuo, trato de explicarme: «En realidad, Dios está dentro de cada niño que sufre, Dios es cada niño que sufre. Pero sólo algunas personas elegidas saben verlo; mientras los demás miramos para otro lado, los misioneros miran a Dios a los ojos, lo toman entre sus brazos, le dan un trozo de pan, le curan las heridas...». «¿Y también le cantan para que se duerma?», me interrumpe mi hija, empezando a comprender. «Todas las noches», le respondo. «¿Y cuándo se duerme ellos también descansan?», insiste. «No, ellos siempre están despiertos, porque apenas han conseguido que uno de estos niños se duerma otro empieza a llorar». Mi hija frunce el entrecejo: «¿Dios también llora?». «También. Dios está llorando siempre», le contesto.
Y estos misioneros, centinelas perpetuos de su llanto, se dedican a apaciguarlo, sabiendo que su misión es incontable como las arenas del desierto. Están hechos del mismo barro que nosotros, incluso parecen más frágiles que nosotros, más adelgazados por las noches de insomnio, por el recuerdo de las muchas vidas que han visto consumirse, por el llanto que no cesa y la rabia de no ser omnipotentes; pero en sus cuerpos curtidos por el sol y adelgazados de vigilias se esconde un incendio de benditas pasiones que mantiene caldeada la temperatura del mundo. Quizá mañana mismo se den de bruces con la muerte, que les tenderá su emboscada bajo la forma de un contagio, o de una ráfaga de plomo; pero, entretanto, perseveran en su epopeya silenciosa, sin aguardar otra recompensa que la sonrisa de un anciano famélico, la mirada palúdica de un niño que apenas se sostiene en pie, la caricia exhausta de una mujer que los contempla entre las neblinas de la fiebre. Ellos saben que en esa sonrisa claudicante, en esa mirada desvanecida, en esa caricia de rendida gratitud se esconde Dios. Son veinte mil españoles, entre los cientos de miles que se reparten allá donde las hambrunas y las guerras endémicas trituran vidas ante la indiferencia de los politicastros y los noticieros televisivos. Si mañana dimitieran de su misión, la noche se abalanzaría sobre el mundo. Seguimos vivos porque el fuego que los enardece no declina su llama.
Son veinte mil españoles para atender la muchedumbre del dolor, para apaciguar el llanto multitudinario de Dios que se copia en las lágrimas de cada hombre que sufre, para llevar el Reino a los parajes más arrasados del planeta. Son veinte mil hombres y mujeres salvando cada día a millones de niños. Y necesitan nuestra ayuda: nuestro aliento, nuestra gratitud y también nuestro dinero. Así que a ver si apoquinamos.

Friday, July 08, 2005

Ser libre interiormente

«Cuando la conocí tenía 16 años. Fuimos presentados en una fiesta, por uno que decía ser mi amigo. Fue amor a primera vista. Ella me enloquecía.

»Nuestro amor llegó a un punto en que ya no conseguía vivir sin ella. Pero era un amor prohibido. Mis padres no la aceptaron. Fui expulsado del colegio y empezamos a encontrarnos a escondidas. Pero ahí no aguanté más, me volví loco. Yo la quería, pero no la tenía. Yo no podía permitir que me apartaran de ella. Yo la amaba: destrocé el coche, rompí todo dentro de casa y casi maté a mi hermana. Estaba loco, la necesitaba.

»Hoy tengo 39 años; estoy internado en un hospital, soy inútil y voy a morir abandonado por mis padres, por mis amigos y por ella.





»¿Su nombre? Cocaína. A ella le debo mi amor, mi vida, mi destrucción y mi muerte.»

Esta narración, atribuida a Freddie Mercury poco antes de morir de SIDA, habla con viveza sobre los riesgos de la adicción a las drogas. Y las adicciones nos remiten a la pérdida de libertad interior, uno de los grandes temas de nuestro tiempo, que encierra innumerables paradojas.

Las drogas(todas las drogas, todas las adicciones -no sólo la cocaína o la heroína-) son un problema, pero son antes y sobre todo una mala solución a un problema previo. Y algo parecido sucede con otras formas más leves de escapismo. Cuando nos escondemos en refugios virtuales para eludir la realidad que nos cuesta afrontar, nos estamos engañando. La libertad está indefectiblemente ligada a la verdad. Por eso hay que perder el miedo a ponerse cara a cara frente a la verdad y aceptar sus mensajes y sus envites, siempre perceptibles en el corazón del hombre que la desea y la busca.

Tuesday, July 05, 2005

La religión en la escuela

Fragmentos de una carta del diputado socialista francés Jean Jaurès, enviada a su hijo cerca de 1905 en la que éste le pidió una justificación que le eximiese de estudiar religión.

Querido hijo, me pides un justificante que te exima de cursar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás. No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, no lo serían sin un estudio serio de la religión.
Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos, pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?
Dejemos a un lado la política y las discusiones, y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender la historia y la civilización de los griegos y de los romanos, y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización?
En el arte, ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen? En las letras, ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente en cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho, de filosofía o de moral, ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste es el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau–. Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas. ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras.
Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía, en el simple “savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos, por lo menos, comprenderlas, para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.

Tomado de aceprensa, sección entre comillas.
23 febrero-1 marzo 2005 - n.º 20/05 www.aceprensa.com

Jean Jaurés (1859-1914), político y filósofo francés, nacido en Castres.
Se le eligió diputado socialista independiente por el departamento de Carmaux en 1893 y permaneció en este cargo hasta 1902. Fue cofundador del periódico L’Humanité en 1904; al año siguiente, asistió a la fusión de los dos partidos socialistas franceses para formar la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), y desde entonces se convirtió en figura indiscutible del socialismo francés y de la II Internacional.
Jaurés, que poseía un gran carisma, luchó por lograr una mayor cooperación entre las fuerzas políticas y los sindicatos, concretamente con la Confederación General del Trabajo (CGT). Sin embargo, las limitaciones impuestas por el régimen parlamentario le hicieron temer que sólo una Internacional violenta y organizada fuera capaz de hacer frente al capitalismo. Su llamamiento en favor de la convocatoria de una huelga en toda Europa fue vetada por los socialdemócratas alemanes en el congreso de Stuttgart de 1907 y en el de Copenhague de 1910. Se disponía a realizar una larga campaña cuando fue asesinado el 31 de julio de 1914. Su actividad política inauguró la tradición socialdemócrata y comunista en Francia.

Sunday, June 26, 2005

Vacaciones. Saber descansar.

Es un artículo del Papa Benedicto XVI, en su libro de "Cooperadores de la Verdad", de la editorial Rialp.


En las excavaciones del mundo romano en el norte de África se encontró el siglo pasado, sepultada bajo los años, en el mercado de Fimgad, en Argelia, una inscripción del siglo segundo o tercero en la que se podían leer estas palabras: cazar, bañarse, jugar, reír, eso es la vida. Todos los años, cuando la avalancha de turistas se dirige hacia el sur -buscando la vida-, vuelvo a recordar la inscripción referida. Si alguna vez en el futuro se descubrieran los anuncios de las empresas de tiempo libre de nuestros días, se revelaría en ellos una imagen semejante de la vida. Es evidente que muchos hombres sienten el año en la oficina, en la fábrica o en cualquier otro lugar de trabajo como no vivir. Por eso, emigran en vacaciones buscando ser por fin felices y poder vivir verdaderamente.
Este deseo de esparcimiento, de libertad, este anhelo por salir de la coacción de la vida cotidiana es genuinamente humano. Como consecuencia de la prisa del trabajo del mundo técnico, son incluso necesarias pausas de ese tipo. Dando esto por supuesto, es preciso conceder, no obstante, que tenemos problemas con nuestra libertad, con la libertad para el tiempo libre. El hombre percibe de pronto que no puede vivir auténticamente de forma ninguna, es decir, constata que la vida no consiste en bañarse, jugar o reír. La pregunta acerca del dominio del tiempo libre, de las vacaciones, comienza a ser una verdadera ciencia.
Con frecuencia me acuerdo en este contexto de que Santo Tomás de Aquino ha dejado escrito un tratado sobre los medios para combatir la tristeza. Dice mucho en favor de su realismo que considere también bañarse, dormir y distraerse como medios a propósito para ello. Sin embargo, añade enérgicamente que una de las ayudas más adecuadas contra la tristeza es convivir con amigos. Eso es lo que verdaderamente rompe la soledad, fundamento a la postre de nuestra insatisfacción.
Así pues, el tiempo libre debería ser ante todo tiempo libre del hombre para el hombre. Ahora bien, según Tomás de Aquino el medio imprescindible contra la tristeza es, en definitiva, el trato con la verdad, es decir, con Dios, pues en la contemplación el hombre toca la verdadera vida. Si excluimos todo ello de nuestro programa de vacaciones, el propio tiempo libre se torna tiempo sin libertad: no podremos encontrar en él la vida perdida que buscamos. Buscar a Dios es la más estimulante excursión por el monte, el baño más vivificante que el hombre puede tomar. Bañarse, jugar, dormir, todo eso forma parte del tiempo de vacaciones.
Ahora bien, nuestro programa de vacaciones debe incluir, como dice Tomás de Aquino, el encuentro con Dios, al que nos invitan nuestras bellas Iglesias y el precioso mundo que Dios ha hecho.

Friday, June 17, 2005

El Matrimonio "Denominación de Origen"

El licor de Higo Chumbo quiere llamarse "vino de Rioja"

LA ASOCIACION DE PRODUCTORES Y DISTRIBUIDORES DE AGUARDIENTES DERIVADOS DEL HIGO CHUMBO ha solicitado al Gobierno que le autorice a comercializar sus productos utilizando la denominación de origen de los vinos de Rioja.
A juicio de la Asociación, limitar los beneficios de dicha denominación de origen a los caldos procedentes de la zona riojana supone una discriminación para su producto, que es tan respetable como cualquier otro.
El gobierno, tras estudiar el asunto, ha concluído que, en efecto, no hay motivos para prohibir a estos honrados productores que vendan su aguardiente de higo chumbo bajo la denominación de origen de los vinos de Rioja, y ha puesto en marcha una ley con el fin de que cese tal prohibición. "Es de justicia reparar la discriminación que se ha venido produciendo hasta ahora, que, además de producir numerosos daños morales, ha impedido un crecimiento mayor de las ventas de estos productores y distribuidores", ha afirmado el portavoz del gobierno en respuesta a las preguntas de los periodistas.
El Portavoz del Gobierno ha descalificado las protestas de los productores vinícolas de la Rioja contra esta Ley - "Responden -ha dicho- a actitudes más propias de tiempos pasados"- y ha anunciado, asimismo, que su gobierno no sólo está dispuesto a continuar adelante con esta medida, sino que tiene previsto extender la autorización para el uso de la 0.0. de vinos de Rioja a todos aquellos productores y fabricantes de bebidas -incluidas las gaseosas, los yogures líquidos y el agua de Carabaña- que así lo soliciten, "todo ello -ha añadido- con el fin de evitar las situaciones de discriminación que se han venido dando en los últimos tiempos".

Tranquilo, lo que acabas de leer es pura ficción. El vino de Rioja no está en peligro.
Sin embargo, hay algo con más solera e, incluso, más necesario para la vida del hombre que sí lo está. Llamar matrimonio a la unión de dos personas homosexuales atenta contra la realidad de las cosas y es un ataque directo al matrimonio y a la familia.
No nos engañemos. Lo que se pretende no es defender los derechos de una minoría, sino imponer a la mayoría -a nosotros, a nuestros hijos- su modelo de sociedad. Quieren convencemos de que es lo mismo.

Tuesday, June 07, 2005

Ateneo y foro caravan-Colonia´05

Queridos amigos:
Os enviamos el plan para jóvenes con ganas de un encuentro especial con el Papa Benedicto XVI, en Colonia´05.
Ya sabéis que es la Jornada Mundial de la Juventud, pero vivida muy especialmente.

Salida, 13 de agosto, a las 9,00

Lourdes, día 14 de agosto
Paris, día 15 de agosto


Colonia, días 16 al 21
Madrid, día 23 de agosto.
(300 euros por persona)

Ateneo de Teología: C/ Abato, 31
Tlfno 91 551 19 16
y
Foro Sacerdotal: C/ Luis de Salazar, 4 bajo
Tlfno 91 416 29 08

Sunday, May 15, 2005

Te recomiendo la devoción del Trisagium Angelicum

TRISAGIO ANGÉLICO

La Santísima Trinidad es el misterio central de nuestra fe. Es la fuente de todas las gracias y el misterio inefable de la vida íntima de Dios. La fiesta, que se celebra el domingo después de Pentecostés, fue establecida para todo Occidente en 1134 por el Papa Juan XII. El Trisagio Angélico se reza durante tres días, empezando el viernes antes de esta fiesta. Es una oración de adoración y alabanza a la Trinidad Beatísima.

TRISAGIO ANGÉLICO

En el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
V. ¡Dios mío, ven en mi auxilio!
R. Señor, date prisa en socorrerme.
V. Gloria al Padre...
R. Como era en un principio...
DECENAS
Se procede del siguiente modo; en primer lugar, dicen todos la deprecación Santo Dios (Sanctus Deus); después, como de costumbre, alternan la oración dominical el sacerdote (o el que dirige el rezo de las oraciones) y los demás; a conitinuación, se repiten nueve veces los versos siguientes, diciendo el sacerdote (o el que dirige el rezo de las oraciones) A Ti la alabanza (Tibí Laus) y respondiendo) todos Santo (Sanctus); al terminar se añade Gloria al Padre.
Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, ten misericordia de nosotros.
Padre nuestro...
V. A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡oh Trinidad Beatísima!
R. Santo, Santo, Santo Señor Dios de los ejércitos. Llenos están los cielos y la tiena de tu gloria.
Y. Gloria al Padre...
R. Como era en el principio...
Las otras dos decenas se dicen del mismo modo, comenzando por las palabras Santo Dios, etc. Al terminar la última decena, todos dicen la siguiente:

Ant. A Ti Dios Padre no engendrado, a Ti Hijo unigénito, a Ti Espíritu Santo Paráclito, santa e indivisa Trinidad, con todas las fuerzas de nuestro corazón y de nuestra voz, te reconocemos, alabamos y bendecimos; gloria a Ti por los siglos de los siglos.
Y. Bendigamos al Padre, y al Hijo, con el Espíritu Santo.
R. Alabémoste y ensalcémosle por todos los siglos.
Oremos.
Oh Dios todopoderoso y eterno, que con la luz de la verdadera fe diste a tus siervos conocer la gloria de la Trinidad eterna, y adorar la Unidad en el poder de tu majestad:
haz, te suplicamos, que, por la firmeza de esa misma fe, seamos defendidos siempre de toda adversidad. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos.
R. Amén.
Terminada la oración, todos añaden:
Líbranos, sálvanos, vivifícanos, ¡oh Trinidad Beatísima! ANGÉLICUM TRISAGIUM


In nómine Patris et Fílii et Spíritus Sancti.
R. Amén.
V. Dómine, lábia mea apéries.
R. Et os meum annuntiábit laudem tuam.
V Deus, in adiutórium meum inténde.
R. Dómine, ad adiuvándum me festína.
V. Glória Patri,...
R. Sicut erat...

Sanctus Deus, Sanctus fortis, Sanctus immortális, miserére nobis.
Pater Noster.
V. Tibi laus, Tibi glóría, Tibi gratiárum áctío in saécula sempitérna, O Beáta Trínitas.
R. Sanctus, Sanctus, Sanctus Dóminus Deus exercítuum. Pleni sunt caeli et terra glória tua.
V. Glória Patrí,
R. Sicut erat...

Ant Te Deum Patrem ingénítum, te Fílíum unigénítum, te Spírítum Sanctum Paráclitun, sanctam et indivíduam Tr¡nitátem, toto corde et ore confitémur, laudámus, atque benedícimus: Tibí glóría in saécula.

V. Benedicámus Patrem, et Filíum cum Sancto Spírítu.
R. Laudémus et superexaltémus eum in saécul.
Orémus.
Omnípotens sempitérne Deus, qui dedístí fámulis tuis, in confess¡óne verae fídei, aetérnae Trinitátís glóriam agnóscere, et ¡n poténtia majestátís adoráre unítátem:quaésumus;
ut eiúsdem fídei firmítáte, ab ómnibus semper muniámur advérsis. Per Dómínum nostrum Iesum Chrístum Fílium tuum;qui tecum vivít et regnat in unítáte Spíritus Sanctí, Deus, per ómnía saécula saeculórum.
R. Amen.

Líberanos, salva nos, vivífica nos, o Beáta Trínitas

Thursday, May 05, 2005

Decenario al Espíritu Santo

PRIMER DIA

Oración[1]
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración[2]:Pentecostés, el día en que el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos del Señor

Los Hechos de los Apóstoles, al narrarnos los acontecimientos de aquel día de Pentecostés en el que el Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos de Nuestro Señor, nos hacen asistir a la gran manifestación del poder de Dios, con el que la Iglesia inició su camino entre las naciones
Los discípulos, que ya eran testigos de la gloria del Resucitado, experimentaron en sí la fuerza del Espíritu Santo: sus inteligencias y sus corazones se abrieron a una luz nueva. Habían seguido a Cristo y acogido con fe sus enseñanzas, pero no acertaban siempre a penetrar del todo su sentido: era necesario que llegara el Espíritu de verdad, que les hiciera comprender todas las cosas. Sabían que sólo en Jesús podían encontrar palabras de vida eterna, y estaban dispuestos a seguirle y a dar la vida por Él, pero eran débiles y, cuando llegó la hora de la prueba, huyeron, lo dejaron solo. El día de Pentecostés todo eso ha pasado: el Espíritu Santo, que es espíritu de fortaleza, los ha hecho firmes, seguros, audaces. La palabra de los Apóstoles resuena recia y vibrante por las calles y plazas de Jerusalén.
Nos cuenta San Lucas que, después de haber hablado San Pedro proclamando la Resurrección de Cristo, muchos de los que le rodeaban se acercaron preguntando: —¿qué es lo que debemos hacer, hermanos? El Apóstol les respondió: Haced penitencia, y sea bautizado cada uno de vosotros en nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Aquel día se incorporaron a la Iglesia, termina diciéndonos el texto sagrado, cerca de tres mil personas.
La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de Él y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana

SEGUNDO DIA
Oración
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración: Vigencia y actualidad de la Pentecostés

La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea —siempre y en todo— signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios. Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara.
También nosotros, como aquellos primeros que se acercaron a San Pedro en el día de Pentecostés, hemos sido bautizados. En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo
La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez o incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso —el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas— puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe, y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? Es el momento de reaccionar, de practicar de manera más pura y más recia nuestra esperanza y, por tanto, de procurar que sea más firme nuestra fidelidad.

TERCER DIA
Oración
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración: La Iglesia, vivificada por el Espíritu Santo, es el Cuerpo Místico de Cristo

Permitidme narrar un suceso de mi vida personal, ocurrido hace ya muchos años. Un día un amigo de buen corazón, pero que no tenía fe, me dijo, mientras señalaba un mapamundi: mire, de norte a sur, y de este o oeste. ¿Qué quieres que mire?, le pregunté. Su respuesta fue: el fracaso de Cristo. Tantos siglos, procurando meter en la vida de los hombres su doctrina, y vea los resultados. Me llené, en un primer momento de tristeza: es un gran dolor, en efecto, considerar que son muchos los que aún no conocen al Señor y que, entre los que le conocen, son muchos también los que viven como si no lo conocieran.
Pero esa sensación duró sólo un instante, para dejar paso al amor y al agradecimiento, porque Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. No ha fracasado: su doctrina y su vida están fecundando continuamente el mundo. La redención, por Él realizada, es suficiente y sobreabundante.
Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana.

CUARTO DIA
Oración
Ven ¡oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos; fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo; inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…

Consideración: Nuestra fe en el Espíritu Santo debe ser absoluta

“Non est abbreviata manus Domini”, no se ha hecho más corta la mano de Dios: no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena. La acción del Espíritu Santo puede pasarnos inadvertida, porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el pecado del hombre enturbia y obscurece los dones divinos. Pero la fe nos recuerda que el Señor obra constantemente: es Él quien nos ha creado y nos mantiene en el ser; quien, con su gracia, conduce la creación entera hacia la libertad de la gloria de los hijos de Dios.
Por eso, la tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar ante el Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita, a los afectos y decisiones que hace nacer en nuestro corazón
No puede haber por eso fe en el Espíritu Santo, si no hay fe en Cristo, en la doctrina de Cristo, en los sacramentos de Cristo, en la Iglesia de Cristo. No es coherente con la fe cristiana, no cree verdaderamente en el Espíritu Santo quien no ama a la Iglesia, quien no tiene confianza en ella, quien se complace sólo en señalar las deficiencias y las limitaciones de los que la representan, quien la juzga desde fuera y es incapaz de sentirse hijo suyo. Me viene a la mente considerar hasta qué punto será extraordinariamente importante y abundantísima la acción del Divino Paráclito, mientras el sacerdote renueva el sacrificio del Calvario, al celebrar la Santa Misa en nuestros altares.

QUINTO DIA
Oración
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración: El Espíritu Santo está en medio de nosotros

Los cristianos llevamos los grandes tesoros de la gracia en vasos de barro; Dios ha confiado sus dones a la frágil y débil libertad humana y, aunque la fuerza del Señor ciertamente nos asiste, nuestra concupiscencia, nuestra comodidad y nuestro orgullo la rechazan a veces y nos llevan a caer en pecado. En muchas ocasiones, desde hace más de un cuarto de siglo, al recitar el Credo y afirmar mi fe en la divinidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, añado a pesar de los pesares. Cuando he comentado esa costumbre mía y alguno me pregunta a qué quiero referirme, respondo: a tus pecados y a los míos.
Todo eso es cierto, pero no autoriza en modo alguno a juzgar a la Iglesia de manera humana, sin fe teologal, fijándose únicamente en la mayor o menor cualidad de determinados eclesiásticos o de ciertos cristianos. Proceder así, es quedarse en la superficie. Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria.
Si no existiera el Espíritu Santo, no podríamos decir: Señor, Jesús, pues nadie puede invocar a Jesús como Señor, si no es en el Espíritu Santo (1 Corintios XII, 3). Si no existiera el Espíritu Santo, no podríamos orar con confianza. Al rezar, en efecto, decimos: Padre nuestro que estás en los cielos (Mateo VI, 9). Si no existiera el Espíritu Santo no podríamos llamar Padre a Dios. ¿Cómo sabemos eso? Porque el apóstol nos enseña: Y, por ser hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre (Gálatas IV, 6).

SEXTO DIA
Oración
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración: Dar a conocer el camino de la correspondencia a la acción del Espíritu Santo

Veo todas las incidencias de la vida —las de cada existencia individual y, de alguna manera, las de las grandes encrucijadas de las historia— como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten con la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos.
Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio.
No es verdad que toda la gente de hoy —así, en general y en bloque— esté cerrada, o permanezca indiferente, a lo que la fe cristiana enseña sobre el destino y el ser del hombre; no es cierto que los hombres de estos tiempos se ocupen sólo de las cosas de la tierra, y se desinteresen de mirar al cielo. Aunque no faltan ideologías —y personas que las sustentan— que están cerradas, hay en nuestra época anhelos grandes y actitudes rastreras, heroísmos y cobardías, ilusiones y desengaños; criaturas que sueñan con un mundo nuevo más justo y más humano, y otras que, quizá decepcionadas ante el fracaso de sus primitivos ideales, se refugian en el egoísmo de buscar sólo la propia tranquilidad, o en permanecer inmersas en el error.

SEPTIMO DIA
Oración
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración: El don de la sabiduría nos permite conocer a Dios y gozarnos en su presencia

Entre los dones del Espíritu Santo, diría que hay uno del que tenemos especial necesidad todos los cristianos: el don de sabiduría que, al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida. Si fuéramos consecuentes con nuestra fe, al mirar a nuestro alrededor y contemplar el espectáculo de la historia y del mundo, no podríamos menos de sentir que se elevan en nuestro corazón los mismos sentimientos que animaron el de Jesucristo: al ver aquellas muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban malparadas y abatidas, como ovejas sin pastor.
Esa es la gran osadía de la fe cristiana: proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios. Osadía ciertamente increíble, si no estuviera basada en el decreto salvador de Dios Padre, y no hubiera sido confirmada por la sangre de Cristo y reafirmada y hecha posible por la acción constante del Espíritu Santo.
Amad a la Tercera Persona de la Trinidad Beatísima: escuchad en la intimidad de vuestro ser las mociones divinas —esos alientos, esos reproches—, caminad por la tierra dentro de la luz derramada en vuestra alma: y el Dios de la esperanza nos colmará de toda suerte de paz, para que esa esperanza crezca en nosotros siempre más y más, por la virtud del Espíritu Santo.

OCTAVO DIA
Oración
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración: Vivir según el Espíritu Santo

Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración.
Fue así como vivieron aquellos primeros, y como debemos vivir nosotros: la meditación de la doctrina de la fe hasta hacerla propia, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, el diálogo personal —la oración sin anonimato— cara a cara con Dios, han de constituir como la substancia última de nuestra conducta. Si eso falta, habrá tal vez reflexión erudita, actividad más o menos intensa, devociones y prácticas. Pero no habrá auténtica existencia cristiana, porque faltará la compenetración con Cristo, la participación real y vivida en la obra divina de la salvación.

NOVENO DIA
Oración
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración: Docilidad, oración y unión con la Cruz

Porque el Espíritu Santo no es un artista que dibuja en nosotros la divina substancia, como si Él fuera ajeno a ella, no es de esa forma como nos conduce a la semejanza divina; sino que Él mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios.
Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo —y, con Él, al Padre y al Hijo— y a tener familiaridad con el Paráclito, podemos fijarnos en tres realidades fundamentales: docilidad —repito—, vida de oración, unión con la Cruz.
Docilidad, en primer lugar, porque el Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera.
Vida de oración, en segundo lugar, porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo. ¿Quién sabe las cosas del hombre, sino solamente el espíritu del hombre, que está dentro de él?
Unión con la Cruz, finalmente, porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano: somos —nos dice San Pablo— coherederos con Jesucristo, con tal que padezcamos con Él, a fin de que seamos con Él glorificados. El Espíritu Santo es fruto de la cruz, de la entrega total a Dios, de buscar exclusivamente su gloria y de renunciar por entero a nosotros mismos.

DECIMO DIA
Oración
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración:La vida del cristiano consiste en empezar una y otra vez

En medio de las limitaciones inseparables de nuestra situación presente, porque el pecado habita todavía de algún modo en nosotros, el cristiano percibe con claridad nueva toda la riqueza de su filiación divina, cuando se reconoce plenamente libre porque trabaja en las cosas de su Padre, cuando su alegría se hace constante porque nada es capaz de destruir su esperanza.
Es en esa hora, además y al mismo tiempo, cuando es capaz de admirar todas las bellezas y maravillas de la tierra, de apreciar toda la riqueza y toda la bondad, de amar con toda la entereza y toda la pureza para las que está hecho el corazón humano.
Tal es, en un resumen breve, que apenas consigue traducir en pobres palabras humanas, la riqueza de la fe, la vida del cristiano, si se deja guiar por el Espíritu Santo. No puedo, por eso, terminar de otra manera que haciendo mía la petición, que se contiene en uno de los cantos litúrgicos de la fiesta de Pentecostés, que es como un eco de la oración incesante de la Iglesia entera: Ven, Espíritu Creador, visita las inteligencias de los tuyos, llena de gracia celeste los corazones que tú has creado. En tu escuela haz que sepamos del Padre, haznos conocer también al Hijo, haz en fin que creamos eternamente en Ti, Espíritu que procedes de uno del otro.

[1] Cf. Postulación para la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer: Registro Histórico del Fundador [del Opus Dei] , 20172, p. 145.
[2] Las consideraciones de este Decenario están tomadas de la homilía El Gran Desconocido en Es Cristo que Pasa por el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.
(Nota: Nunc coepi = Ahora comienzo)

Friday, April 29, 2005

Santo Rosario

Palabras de S.S. Juan Pablo II sobre el Rezo del Rosario

"El Rosario es mi oración preferida. Oración maravillosa en su sencillez y en su profundidad. En esta oración repetimos muchas veces las palabras que la Virgen María escuchó de boca del ángel y de su prima Isabel. A estas palabras se asocia toda la Iglesia.
Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, una oración-comentario del último capítulo de la Constitución "Lumen Gentium" del Vaticano II, capítulo que trata de la admirable presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Sobre el fondo de las palabras "Dios te salve, María", pasan ante los ojos del que las reza los principales episodios de la vida de Cristo, con sus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, que nos hacen entrar en comunión con Cristo, podríamos decir, a través del corazón de su Madre.
Nuestro corazón puede encerrar en estas decenas del Rosario todos los hechos que componen la vida de cada individuo, de cada familia, de cada nación, de la Iglesia y de la humanidad: los acontecimientos personales y los del prójimo y, de modo particular, de los que más queremos. Así, la sencilla oración del Rosario late al ritmo de la vida humana".

Thursday, April 28, 2005

Benedicto XVI


Entrevista de Juan Manuel de Prada al cardenal Julián Herranz, ABC, 24.IV.05

El cardenal Julián Herranz es un hombre enjuto, atezado y ascético, de cabellos en los que aún no se ha posado el invierno. En su conversación se funden los rasgos del estoicismo cordobés y la «finezza» romana, templados por un apasionamiento tranquilo que nunca se incendia ni desborda. Presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Su Eminencia guarda recuerdos de una juventud dedicada al estudio de la psiquiatría que un día rectificó para -como él gusta de repetir, en una expresión muy elocuente- «enamorarse de Cristo» y consagrarse al sacerdocio, descubriendo que el hombre no es, como quería Freud, un «animal reprimido», sino, como prefería Victor Frankl, un «ángel reprimido» que debe aceptar a Dios para entender mejor su naturaleza. «Mi vida está llegando al final -nos dice sin énfasis-, pero me confieso feliz, porque descubrí cuál era la voluntad que se me dictaba desde lo alto y traté de seguirla. Así hallé la verdadera felicidad. Ésa que el agnosticismo religioso y el relativismo moral quisieran ahogar en el fango, rebajando la naturaleza humana, degradándola hasta convertirla el algo que sólo satisface instintos, y no las ansias espirituales que anidan en nuestro corazón.

-Sin embargo, parece que cuando la Iglesia defiende valores que nos saquen del fango se tropieza con la incomprensión.
-Cuando la Iglesia -superando esa filosofía- defiende el verdadero sentido de la dignidad de la persona, del amor, del matrimonio o de la familia, no es que se esté defendiendo a sí misma, sino que está defendiendo una serie de valores humanos que lo han sido de culturas y religiones muy diversas, a lo largo de miles de años, y que han servido de referente para el verdadero progreso de la humanidad. Si esos valores se pierden habrá, no un progreso, sino un regreso de humanidad, de cultura, de civilización. Si esos valores se pierden, si se confunde la libertad con el libertinaje, se llegará a la perfecta confusión entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto.

-¿Qué podría detener, a su juicio, esta deriva?
-Hacen falta en Europa intelectuales de inteligencia limpia, aunque no sean católicos. En Italia, afortunadamente, dichos inttelectuales existen; algunos, como Galli della Loggia, o el presidente del Senado, Marcello Pera, han mantenido con Benedicto XVI, cuando aún era cardenal, apasionados y muy fructíferos debates. Intelectuales que reconozcan el empobrecimiento sufrido por el hombre posmoderno, sometido a una especie de sectarismo positivista que no respeta una serie de valores que pertenecen a una ética natural. De la naturaleza humana surgen una serie de derechos que no pueden ser sometidos a transacción en los parlamentos; son derechos anteriores a la democracia, derechos que no pueden ser negociados, adulterados o manipulados al antojo de una mayoría. Detecto en algunos sectores de la sociedad europea -y especialmente de Bélgica y España- una anulación de esas coordenadas de valores, el mismo rechazo a sus raíces culturales que ha caracterizado en la historia a los pueblos en decadencia. En Italia y en otras naciones no sucede, afortunadamente, lo mismo, existe una confluencia entre el pensamiento cristiano y el pensamiento laico muy provechosa para ambos. Me gustaría que lo mismo sucediese en España.

-Sin embargo, es sobre todo en España donde se presenta ahora una imagen torva de Benedicto XVI
-Lo presentan como el gran inquisidor, el hombre duro e inflexible. Pero se trata de una leyenda negra. Cuando vean de verdad como es, la leyenda negra va a desaparecer. Siempre, claro está, que no haya medios de información o corrientes de tipo político que insistan en querer tratarlo con esa etiqueta forzando la realidad. Yo lo conozco bien, es un hombre de una sencillez y afabilidad extraordinarias. La gente que no tenga prejuicios, que sea sincera, que sea abierta, que quiera conocer la realidad, olvidará esa imagen falsa que se nos ha ofrecido de él. Pero creo que a algunos, aun sabiendo que esa imagen no se corresponde con la realidad, les interesará mantener esa especie de espantapájaros. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque las ideas del Papa no van a ser condescendientes con la ideología que con un sentido totalitario ellos quieren imponer desde los medios políticos y de información pública que tienen en sus manos. Esa ideología es la del agnosticismo religioso y del relativismo moral. Quienes son partidarios de esta filosofía destructiva estarán muy interesados en mantener e incluso en hinchar esa imagen deformada de Benedicto XVI.

-Incluso se ha pretendido tergiversar la emoción que estalló tras la muerte de Juan Pablo II...
-En los días que mediaron entre la muerte de Juan Pablo II y la celebración de las exequias, he visto desde mi despacho ese mar de gente, durante las veinticuatro horas del día. Por la noche bajé muchas veces a la plaza de San Pedro: muchos querían confesarse, incluso gente que llevaba alejada de la Iglesia años y años. Uno dijo: «Quiero llegar a ese hombre que me habla de Cristo a ver si Cristo me ayuda a salir de la droga». Yo me preguntaba: «¿Qué va a ver esta gente, en pie durante tantas horas? ¿Un muerto, acaso? No, va a ver a un Vivo. En aquel que estaba allí, humanamente muerto, ellos habían visto a Cristo. El carisma de Juan Pablo II es el carisma de Cristo. Pienso que el mundo va a ver reflejado ese mismo carisma en su sucesor Benedicto XVI, porque va a ser un pontificado que yo llamaría de la «continuidad dinámica». Uno y otro nos enseñan que la felicidad es Cristo, frente a las felicidades puramente temporales y pasajeras que seducen a tantos. ¡Cuánta tristeza hay en la sociedad de la abundancia! ¡Qué pena me da saber, por ejemplo, que en las farmacias de Bélgica -y no me sorprendería que ocurra pronto en España, si las cosas siguen así- se venden unos kits para quienes se quieren suicidar! A quienes en la «sociedad consumista» se han alejado de Cristo, perdiendo así la paz y la alegría, Juan Pablo II les enseñó que Cristo es el «Camino, la Verdad y la Vida». Cierta «inteligentsia» ha visto en las efusiones de aquellos días un acto de idolatría; y es que desde el agnosticismo religioso y el relativismo moral, estas cosas no se entienden, incluso se teme que sean verdad, que la fe en Cristo arrastre a la gente, y haga descubrir la dimensión trascendente y religiosa de la vida, las categorías de eternidad, las únicas que pueden poner serenidad en el alma y dar respuestas a tantas preguntas que el hombre se hace y que el agnosticismo y el relativismo moral no saben responder.

-¿Cómo fueron los días del Cónclave?
-Para mí, fueron un continuo recurrir al Espíritu Santo, a quien tengo gran devoción. Me pude recoger más en casa, para rezar mucho y encomendarme a la Virgen, la esposa del Espíritu Santo. No me pasaba por la cabeza el miedo de ser elegido, porque sabía que no tenía ninguna posibilidad. Yo creo que estaban más inquietos los que de alguna manera podían temer -no digo ambicionar- que fueran ellos los elegidos. Es casi infantil y muy pobre clasificar a los cardenales en conservadores o progresistas, de derecha o de izquierda. Estas son categorías que caben en una cuestión de orden político. Aquí lo que cada uno aporta es una reflexión sobre los problemas más acuciantes. Nuestra preocupación primordial era de naturaleza pastoral: los cardenales del Primer Mundo constatan la extensión de un fundamentalismo laicista que está intentando paganizar las sociedades cristianas, con una negación de la fe y un querer excluir la dimensión religiosa de la vida pública, relegándolo a la pura conciencia, e incluso poniendo límites a la posibilidad de educar las conciencias, limitando la patria potestad que tienen por derecho natural los padres.

-¿Permaneció ajeno a los dimes y diretes de la prensa?
-Durante el Cónclave sí. Los días precedentes echaba una simple ojeada a los resúmenes de prensa. Muchas de las cosas que se decían sobre el Cónclave o eran obvias o se quedaban a nivel sociológico. Y yo me tenía que mover a un nivel teológico y pastoral. Se trataba de examinar los problemas y esperanzas de la Iglesia y de buscar la persona que reuniera más condiciones para ser el mejor instrumento de Dios en esas circunstancias. Y eso es lo que ha pasado. La emoción que se siente en la Capilla Sixtina llevando el voto en alto hacia el altar donde se halla la urna, bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, es indescriptible. Entonces se pronuncia el juramento solemne de elegir en conciencia al que parece más digno para ser el sucesor del Apóstol Pedro como Pastor de la Iglesia universal. La responsabilidad es muy grande. Yo es la cosa más seria que he podido hacer en mi vida. Había un silencio en la Capilla Sixtina enorme, un gran espíritu de oración y recogimiento. Yo cogí la costumbre de ir encomendando al Espíritu Santo a los que iban pasando en fila delante para votar, porque pensaba que ellos también me encomendaban a mí.

-Y, tras el recogimiento, la alegría.
-Una alegría inmensa. Cuando llegamos a la papeleta 77 del elegido, nos levantamos en pie aplaudiendo. Era una forma de dar gracias a Dios, de alabar al Espíritu Santo, que nos había llevado ya en la cuarta votación a la cifra necesaria. Al cardenal Ratzinger lo vi en ese momento como lo he visto siempre: es un hombre de una gran paz y serenidad interior. Como carácter es distinto a Juan Pablo II, que era arrollador; él tiene otra forma de ser más suave, pero eso no quiere decir que sea frío o distante o tímido. Él es un bávaro, o sea algo así como el andaluz alemán. Menos «prusiano», pero con capacidad de dominio de sentimientos, lo cual no quiere decir que no los tenga. Al estar acostumbrado al diálogo de las ideas, que no se imponen sino que se proponen, habla con la gracia y la elegancia intelectual de quien está dialogando y no soltando una arenga. Lo que me impresionó más cuando explicó las razones -lo hizo en latín- por las que eligió su nombre, fue la mención a San Benito, patrón de Europa, cuyo lema era: «Nihil Christo praeponatur», «Nada se anteponga a Cristo».

-¿Cómo fue su convivencia con el nuevo Papa en Casa Santa Marta?
-La víspera de que lo eligiéramos Papa coincidí en la misma mesa con él para cenar; él se encargó de servirnos el agua y el vino a los demás, aunque era el Decano del Colegio y el que estaba presidiendo el Cónclave. Con gran sencillez escuchaba, preguntaba, cedía en el ascensor el paso. Ya después de la elección, quiso cenar y dormir con los demás en Santa Marta. El arzobispo de Wensminster, que es muy lanzado, inició una canción de felicitación que, al final, seguimos todos. Luego entonamos una oración litúrgica, «Oremos pro beatisimo Papa nostro», que sonaba como una especie de «Gaudeamus Igitur». A la mañana siguiente, en el ascensor, al bajar al desayuno, antes de acudir a la Capilla Sixtina para la misa concelebrada, el Papa iba con el cardenal Biffi, que le había preguntado qué tal había dormido. El Santo Padre no dijo ni bien ni mal, seguramente porque habría pasado toda o buena parte de la noche trabajando en el Mensaje que al final de la concelebración nos leyó en un perfecto latín. Biffi, que tiene un gran sentido del humor, le dijo: «Yo normalmente apenas duermo cuatro horas. Hoy, que ya por fin me he quedado tranquilo, he dormido cinco». Su Eminencia es un conversador fluvial, transparente y generoso que no ha mirado ni una sola vez el reloj, durante las casi dos horas que ha durado esta entrevista. Ahora, al intentar compendiarla en unas pocas líneas, me he sentido como aquel niño o ángel que San Agustín se encontró en una playa, tratando de encerrar en un hoyo excavado en la arena el agua del cóncavo mar.